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domingo, 27 de diciembre de 2015

Las aves que inspiraron a Wallace: La Paloma Pasajera

Una vez hubo miles de millones

(Por Maitland Edey)

El sino de la paloma pasajera norteamericana es casi increíble. Hace exactamente un siglo estas aves eran quizá las más numerosas de la Tierra. Sin embrago, en un período de 50 años los hombres han conseguido destruir hasta la última de ellas. En ningún otro caso de la larga y desigual lucha entre los hombres y las aves ha quedado registrada tan brutalmente la rapacidad de la especie humana.
La paloma pasajera norteamericana se parecía extraordinariamente a la torcaz, pero su tamaño era mayor. Tenía aspecto vivaz y producía una impresión de donaire. Era excepcionalmente rápida y potente, y es indudable que así tenía que serlo, porque la vida en las grandes bandadas era una gran competición. Lo más importante de todo era la bandada. Mientras hubo, las palomas vivieron en grandes grupos, pero cuando las bandadas se disgregaron y los sobrevivientes tuvieron que vivir en grupos pequeños y diseminados, parece ser que fueron incapaces de defenderse.
Cuando Jacques Cartier, primer hombre blanco que escribió sobre las palomas, fue de Francia a América del Norte en 1534, las vio en número infinito. Para los indios las palomas constituían un alimento rico y fácil de hallar. Utilizaban una flecha de punta roma que, disparada a través del fondo del nido, hacía caer a los pichones. Tribus enteras acampaban cerca de los nidales para coger todos los pichones que podían. Pero eso apenas se notaba en una gran bandada.
Un día del año 1810 el ornitólogo Alexander Wilson, impresionado por las “nubes” de palomas que volaban sobre su cabeza, se sentó a la orilla de un riachuelo para contarlas. Pasaban constantemente, a una velocidad que estimó superior a los 90 kilómetros por hora, en columnas extraordinariamente compactas (cerca de cuatro palomas por metro cúbico de aire), en un frente de más de kilómetro y medio de anchura. Una hora después, este torrente era aun más ancho y profundo. Continuaron pasando hasta después de caer la noche. Wilson estimó que en total la bandada se extendía 380 kilómetros y tenía más de dos mil millones de palomas. John James Audubon, en el año 1813, calculó la población de otra bandada y llegó, en un cálculo moderado, a la mitad de la cifra de Wilson.
Las palomas volaban sobre el bosque en busca de bellotas y nueces, y cuando veían un posible comedero descendían a tierra con un batir de alas semejante a un huracán. Al avanzar barrían materialmente el suelo desnudo del bosque. Las filas posteriores rebasaban a las que precedían, y bajaban al suelo por delante de ellas, dando la ilusión de una interminable rueda de pájaros. Su apetito era enorme. Se ha calculado que el consumo anual de una sola bandada como la de Wilson sería la capacidad de un almacén de 30 metros de alto y 30 de ancho por 40 kilómetros de largo.
Igual que ocurre con otros animales que viven en comunidad, la obediencia en las palomas era un sentimiento profundamente arraigado. Cuando algunas de las palomas eran forzadas a virar repentinamente para evitar la caída en picado de un halcón, las siguientes ejecutaban la misma maniobra y en el mismo sitio, incluso mucho tiempo después de haber desaparecido el halcón. Volaban en densa formación, con una habilidad impresionante, remontándose y volviendo a descender rápidamente por entre las copas de los árboles, como si fuesen un solo pájaro, sin tocarse entre ellas y sin rozar una sola hoja. Pero si se encontraban de frente dos bandadas se producían graves daños, ya que los pájaros, por lo visto, sólo sabían volar unos junto a otros, y no en sentido opuesto. Los mismos edificios los desconcertaban y chocaban contra las paredes de un granero produciendo un ruido ensordecedor, como si fuese una granizada.
Las bandadas utilizaban con preferencia determinados lugares para su reposo (frecuentemente los pantanos) y regresaban a ellos noche tras noche, aunque se hubiesen desplazado más de cien kilómetros en busca de alimento y fuese más de medianoche. Por otra parte, los merodeadores, particularmente el hombre, acosaban y saqueaban estos lugares. Audubon describió una visita a uno de estos puntos en el río Green, de Kentucky. Llegó allí a última hora del atardecer, poco antes del regreso de las palomas: “Un gran número de personas, con sus caballos, carromatos, escopetas y municiones, habían establecido ya su campamento. Dos granjeros habían traído cerca de 300 cerdos con ánimo de que se alimentasen con las palomas. La gente, ocupada en pelar y salar las palomas, se hallaba sentada en medio de inmensas pilas de pájaros. Una capa de palomina de varios centímetros cubría toda la extensión, como si hubiese nevado. De repente hubo un griterío general: ¡Ahí vienen! El ruido que hacían me recordaba un gran ventarrón en el mar, a través de los aparejos de un barco…
“Miles de palomas fueron pronto derribadas por los hombres armados de largos palos. Se encendieron hogueras y a la luz de ellas apareció una vista impresionante y casi aterradora. Las palomas llegaban por millares, se posaban en todas partes, unas encima de otras, hasta formar masas compactas sobre las ramas, las cuales, de vez en cuando, cedían bajo el peso, y al caer al suelo con un chasquido destruían cientos de pájaros situados debajo. Era una escena de tumulto y confusión; apenas se oían siquiera los disparos de las escopetas. Ya era más de medianoche cuando aprecié una disminución en el número de palomas que llegaban.
“Al acercarse el día, el ruido disminuyó. Las palomas empezaron a marcharse, y al amanecer todas las que podían volar habían desaparecido. Águilas y halcones, acompañados por una bandada de buitres, vinieron a participar en el botín, mientras los autores de toda esta devastación comenzaban su recogida entre las muertas, moribundas y destrozadas aves. Cada uno cogió las que quiso, y después soltaron los cerdos para que se comiesen el resto.”
Los nidales estaban tan apiñados como los lugares de reposo; se extendían kilómetros y kilómetros a lo largo de los riachuelos o ríos, y en cada árbol había ceca de 200 nidos.
En un instante dado, generalmente en abril, aproximadamente un mes después de llegar las bandadas migratorias a los estados septentrionales, un grupo de ellas se ponía misteriosamente de acuerdo sobre la elección de lugar.  Al cabo de un día o dos las palomas se cortejaban en gran número, con su incesante arrullar y batir de alas. No tardaban mucho en aparecer por allí, excitadas, todas las palomas de aquella zona.  A poco comenzaba la construcción de los nidos.
Una vez puestos los huevos, y durante la incubación, los padres se turnaban para ir en busca de alimento. Al amanecer, como obedeciendo a una señal, millones de machos salían disparados de los árboles. El lugar quedaba entonces en calma durante varias horas, hasta que volvían los machos y correspondía el turno a las hembras.
Todo el ciclo de la cría requería tan sólo un mes: dos semanas para la incubación y otras dos para alimentar a los pequeñuelos. Al cabo del mes los pichones estaban llenos de grasa y eran tan grandes como sus padres. Como nacían todos con un día o dos de diferencia, crecían a la vez y juntos eran después abandonados. Millones de ellos, metidos en sus nidos como si fuesen bloques de manteca, clamaban impotentes pidiendo alimento. Cuando el hambre los acuciaba demasiado, se dejaban caer al suelo con sus alas casi implumes. Al cabo de una semana de revolverse en el suelo lo mejor que podían, y de alimentarse de la grasa que contenía su cuerpo, estaban tan delgados como un sábalo, pero podían moverse por sí mismos y habían aprendido a volar.
Desde un principio los pequeños mostraban el mismo instinto de volar velozmente juntos que caracterizaba a sus padres. Formaban sus propias bandadas, en vuelos bajos pero temerarios, y seguían los recodos de los ríos o los claros del bosque. En sus vuelos inexpertos los jóvenes pájaros se empalaban a menudo contra las ramas, o se cortaban en dos con los hilos del telégrafo. Al poco tiempo, los sobrevivientes volaban de modo extraordinario. Al llegar el otoño ya se habían unido a los mayores y apenas se les podía distinguir de ellos.
Así era la paloma pasajera, uno de los más notables pájaros que han existido. ¿Cómo ha podido desaparecer esta especie? No hizo falta mucho tiempo. Durante todo el siglo XVIII y la primera mitad del XIX, la parte oriental de los Estados Unidos se fue llenando de colonos. Los hombres mataban las palomas como la cosa más natural del mundo. Las comían frescas, secas y en vinagre. Las convertían en grasa o las salaban para cuando viniesen tiempos malos. Cuando llegaban las palomas todo el mundo dejaba lo que estuviese haciendo y mataba todas las que podía. Los pájaros no pudieron soportar este ataque incesante. Llegó un momento en que no pudieron encontrar santuario, ni hora del día o de la noche en que no fuesen atacadas. Al igual que los pájaros, los hombres podían viajar ya varios cientos de kilómetros en un solo día; los hilos del telégrafo comunicaban la noticia de que los pájaros estaban esta semana en Wisconsin; la siguiente, en Míchigan.
Se produjo una enorme demanda. En un solo nidal de Petoskey (Míchigan) más de 2000 personas se ocupaban en matar, recoger y poner en conserva las palomas.
El coger los pichones en sus nidos constituía algo repugnante. El procedimiento más rápido y eficaz para recoger un par de cientos de ellos en un árbol consistía en derribarlo, a ser posible de tal modo que al caer derribase al inmediato. O bien se le prendía fuego. Repentinamente se veía arder un abeto y, mientras las palomas salían como cohetes, con las plumas  chamuscadas, caía al suelo una cascada de pichones medio quemados.
El número de palomas enviadas a los mercados sobrepasa lo imaginable. Desde los nidales de Pensilvania, la parte alta de Nueva York y Wisconsin, se recibían noticias de haber embarcado en unas semanas medio millón, un millón o dos millones de palomas.
Es indudable que otras tantas quedarían sin embarcar, abrasadas, pisoteadas, devoradas por los cerdos, estropeadas o sin recoger.
Pero mucho más importante que los pichones embarcados o no, fueron aquellos que ni siquiera nacieron. Hacia 1878 un inmenso nidal de Míchigan comprendía, probablemente, la mayor parte de las palomas que quedaban. Después no quedaba ninguno de estos lugares digno de ser mencionado; simplemente un centenar de pájaros diseminados en un lugar o una docena en otro. En otros diez años, incluso estos habían desaparecido. Ya no quedaban palomas pasajeras más que en los parques zoológicos. Pero en estos parques les faltaba, sin duda, la excitación del número, y criaban intermitentemente. En 1908 la población total de palomas pasajeras americanas era exactamente de siete. En agosto de 1910 solamente sobrevivía una paloma hembra: Martha, que llevaba este nombre en memoria de Martha Washington.

Vivía en el parque zoológico de Cincinnati, como algo de interés extraordinario que al mismo tiempo reflejaba una vergüenza nacional. Pero sus años de decadencia fueron oscuros y una tarde de septiembre de 1914 la encontraron muerta. Inmediatamente fue congelada en un bloque de hielo de más de cien kilos y enviada a la Institución Smithsoniana de Washington para que la disecaran. Hoy puede vérsela en una bonita vitrina del museo. Se dice que Martha tenía 29 años cuando murió; una larga vida para una paloma, aunque quizá no lo bastante larga.


Un ejemplar macho.

“Martha”, la última de las palomas pasajeras norteamericanas, murió en Cincinnati en septiembre de 1914. Hoy se puede ver disecada en la Smithsonian Institution  de Washington, D.C.  

Bibliografía:

Selecciones del Reader’s Digest. Maravillas y Misterios del Mundo Animal. Con introducciones y un suplemento especial, compuestos por Jean George. 1965.






martes, 8 de abril de 2014

Sobre la Tendencia de las Variedades a Apartarse Indefinidamente del Tipo Original. Por ALFRED R. WALLACE.



Uno de los argumento más fuertes que se han dado para probar lo original y permanente en lo que distingue a las especies es, que las variedades producidas en un estado de domesticidad son más o menos inestables, y frecuentemente tienen una tendencia, si se las abandona a sí mismas, a retornar a la forma normal de la especie parental; y esta inestabilidad es considerada una peculiaridad distintiva de todas las variedades, incluso de aquellas existiendo entre los animales salvajes en estado de naturaleza, como también de constituir un reaseguro para preservar inalteradas las distintas especies originalmente creadas.
En ausencia o con escasos hechos y observaciones sobre variedades existiendo entre los animales salvajes, este argumento ha tenido gran peso entre los naturalistas, y ha conducido a una creencia muy general y un tanto prejuiciosa sobre la estabilidad de las especies. Igualmente general, sin embargo, es la creencia en las que son llamadas “variedades permanentes o verdaderas” – razas de animales que continuamente propagan su tipo, pero que difieren tan ligeramente (aunque de manera constante) de alguna otra raza, que una es considerada una variedad de la otra. Cuál es la variedad y cuál es la especie original, no hay generalmente un medio para determinarlo, excepto en aquellos raros casos en los que se sabe que una de las razas produce una descendencia diferente a sí misma y que se asemeja a la otra. Esto, sin embargo, parecería bastante incompatible con la “permanente invariabilidad de las especies”, pero la dificultad se supera al asumir que tales variedades tienen límites estrictos, y nunca pueden nuevamente variar más desde el tipo original, aunque pueden retornar a él, lo cual, a partir de la analogía de los animales domesticados, se considera altamente probable, si no certeramente probado.    
Se observará que este argumento descansa enteramente en la suposición, de que las variedades existiendo en un estado de naturaleza son en todos los respectos análogas o incluso idénticas a aquellas de los animales domésticos, y están gobernadas por las mismas leyes en lo que refiere a su permanencia o variación adicional. Pero es el objeto del presente artículo el mostrar que este supuesto es por completo falso, que hay un principio general en la naturaleza que causará que muchas variedades sobrevivan a la especie parental, y que den origen a sucesivas variaciones apartándose más y más del tipo original, y que también produce, en animales domesticados, la tendencia de las variedades a retornar a la forma parental.
La vida de los animales salvajes es una lucha por la existencia. El ejercicio pleno de todas sus facultades y todas sus energías se requiere para preservar su propia existencia y cuidar de su prole. La posibilidad de conseguir alimento durante las estaciones menos favorables, y de escapar de los ataques de sus más peligrosos enemigos, son las condiciones primarias que determinan la existencia tanto de los individuos como de las especies enteras. Estas condiciones determinarán también el tamaño de la población de una especie; y por una consideración cuidadosa de todas las circunstancias estaremos capacitados para entender, y en algún grado explicar, lo que a primera vista parece inexplicable – la abundancia excesiva de algunas especies, mientras otras estrechamente relacionadas a ellas son muy raras.
La proporción general que debe obtenerse entre ciertos grupos de animales se ve rápidamente. Los animales grandes no pueden ser tan abundantes como los pequeños; los carnívoros deben ser menos numerosos que los herbívoros; águilas y leones nunca pueden ser tan abundantes como palomas y antílopes; los asnos salvajes de los desiertos de Tartaria no pueden igualar en número a los caballos de las más fértiles praderas y pampas de América. La mayor o menor fecundidad de un animal es frecuentemente considerada como una de las principales causas de su abundancia o escasez; pero una consideración de los hechos nos mostrará que esto en realidad tiene poco o nada que ver con el asunto. Incluso el menos prolífico de los animales incrementaría rápidamente su cantidad si no fuera controlado, mientras que es evidente que la población animal del globo debe ser estacionaria, o quizás, por la influencia del hombre, decreciente. Puede que haya fluctuaciones; pero incremento permanente, excepto en localidades restringidas, es casi imposible. Por ejemplo, nuestra propia observación debe convencernos de que las aves no continúan aumentando cada año a una razón geométrica, como lo harían, de no haber algún poderoso control a su incremento natural. Muy pocas aves producen menos de dos crías cada año, mientras que muchas pueden tener seis, ocho, o diez; cuatro estará ciertamente por debajo del promedio; y supongamos que cada pareja tiene pichones sólo cuatro veces en su vida, lo que también estaría por debajo del promedio, si es que no mueren ya sea de manera violenta o falta de comida. Incluso a esta tasa ¡cuán tremendo sería el incremento en unos pocos años a partir de una sola pareja! Un simple cálculo mostrará que en quince años cada par de aves habría dado un incremento cercano a los diez millones, mientras que no tenemos razón para creer que el número de aves de ningún país se haya incrementado en absoluto en quince o en ciento cincuenta años. Con tal poder de incremento la población debe haber alcanzado su límite, y haberse tornado estacionaria, en muy pocos años luego del origen de cada especie. Es evidente, por tanto, que cada año un inmenso número de aves debe perecer – de hecho tantas como las que nacen; y como en la estimación más baja la progenie es cada año el doble de numerosa que sus padres, se deduce que, cualquiera sea el número promedio de individuos existiendo en un dado país, el doble de ese número debe perecer anualmente, - un resultado impactante, pero uno que parece al menos altamente probable, y está quizás por debajo más que por encima de la verdad. Parecería entonces que, en lo que concierne a la continuidad de la especie y al mantenimiento del número promedio de individuos, las nidadas grandes son superfluas. En el promedio todo lo que está por encima de uno se torna comida para halcones y milanos, gatos salvajes y comadrejas, o muere de frío y hambre al aproximarse el invierno. Esto está notablemente probado para el caso de especies particulares; para las que encontramos que su abundancia en individuos no guarda relación alguna con su fertilidad al producir descendencia. Quizás el más remarcable ejemplo de una población de aves inmensa es el de la paloma pasajera de los Estados Unidos, que pone sólo uno, o como mucho dos huevos, y se dice que generalmente cría sólo un pichón. ¿Por qué es esta ave tan extraordinariamente abundante, mientras otras produciendo dos o tres veces más crías son mucho menos numerosas? La explicación no es difícil. La comida más agradable a esta especie, y con la que mejor prospera, está abundantemente distribuida por una región muy extensa, que ofrece diferencias tales de suelo y clima, que en una parte u otra del área el suministro nunca falla. El ave es capaz de un vuelo muy rápido y continuado, por lo que puede pasar sin fatiga por encima de todo el distrito en que habita, y tan pronto como el suministro de comida comienza a fallar en un lugar es capaz de descubrir un sitio de alimentación fresco. Este ejemplo muestra claramente que el conseguir un suministro constante de comida es casi la única condición requerida para asegurar el rápido incremento de una dada especie, ya que ni la fecundidad limitada, ni los ataques de las aves de presa y del hombre son aquí suficientes para controlarlo. No hay otras aves en la que estas circunstancias particulares estén tan extraordinariamente combinadas. Ya sea que su comida es más propensa a faltar, o que no tengan suficiente fuerza en las alas para buscarla en un área extensa, o que durante alguna estación se torne muy escasa y sustitutos menos nutritivos deban ser hallados; entonces, aunque más fértiles en su descendencia, nunca pueden incrementarse más allá del suministro de comida en la menos favorable de las estaciones. Muchas aves pueden subsistir sólo migrando, cuando su comida se vuelve escasa, a regiones con un clima más suave, o al menos diferente, aunque, ya que estas aves migratorias son pocas veces excesivamente abundantes, es evidente que los países que visitan son aún deficientes en un suministro constante y abundante de comida. Aquellas cuya organización no les permite migrar cuando su comida se torna periódicamente escasa, no podrán nunca alcanzar una gran población. Probablemente ésta es la razón por la que los pájaros carpinteros son escasos entre nosotros, mientras que en los trópicos están entre las más abundantes de las aves solitarias. Así el gorrión doméstico es más abundante que el petirrojo, porque su comida es más constante y copiosa, - las semillas de pastos se preservan durante el invierno, y nuestros corrales y campos de rastrojo constituyen un suministro casi inagotable. ¿Por qué, por regla general, son las aves acuáticas, y en especial las marinas, muy numerosas en  individuos? No por ser más prolíficas que otras, generalmente lo contrario; sino porque su comida nunca falta, con las costas marinas y las márgenes de los ríos a diario repletas con un suministro fresco de pequeños moluscos y crustáceos. Exactamente las mismas leyes aplicarán para los mamíferos. Los gatos salvajes son prolíficos y tienen pocos enemigos; ¿Por qué entonces no son nunca tan abundantes como los conejos? La única respuesta inteligente es que su suministro de comida es más precario. Parece evidente, por tanto, que mientras un país permanezca  físicamente inalterado, los números de su población animal no podrán materialmente aumentar. Si una especie lo hace, algunas otras requiriendo el mismo tipo de comida deben disminuir en proporción. El número de muertes anuales debe ser inmenso; y dado que para su existencia individual cada animal depende de sí mismo, aquellos que mueren deben ser los más débiles – los muy jóvenes, los viejos y los enfermos, - mientras que aquellos que prolongan su existencia pueden ser sólo los más perfectos en salud y vigor – aquellos que son los más capaces de obtener alimento regularmente, y evitar sus numerosos enemigos. Se trata de, como comenzamos destacando, “una lucha por la existencia”, en la que el débil y menos perfectamente organizado deberá siempre sucumbir.
Está ahora claro que lo que toma lugar entre  los individuos de una especie debe también ocurrir entre las varias especies relacionadas de un grupo, - es decir, que aquellas que están mejor adaptadas para obtener un suministro regular de comida, y para defenderse de los ataques de sus enemigos y de las vicisitudes de las estaciones, deben necesariamente obtener y mantener una superioridad en tamaño poblacional; mientras aquellas especies que por algún defecto de fuerza u organización son las menos capaces de contrarrestar las vicisitudes de la provisión de alimento, etc., deben disminuir en números, y, en casos extremos, extinguirse por completo. Entre estos extremos las especies presentarán varios grados de capacidad para asegurarse los medios de preservación de la vida; y es así como damos cuenta de la abundancia o rareza de las especies. Nuestra ignorancia generalmente evitará que vinculemos con precisión los efectos a sus causas; pero podríamos llegar a conocer perfectamente la organización y hábitos de varias especies de animales, y podríamos medir la capacidad de cada una para llevar a cabo las diferentes acciones necesarias para su seguridad y existencia bajo todas las circunstancias cambiantes que la rodean, y podríamos hasta ser capaces de calcular la abundancia proporcional de individuos, lo cual es el resultado necesario.
Si ahora hemos tenido éxito en establecer estos dos puntos – 1ro, que la población animal de un país es generalmente estacionaria, siendo limitada por una deficiencia periódica de comida, y otros controles; y, 2do, que la abundancia o escasez comparativa de los individuos de las varias especies se debe enteramente a su organización y hábitos resultantes, la cual, determinando en algunos casos una dificultad mayor que en otros para conseguir suministro regular de alimento o para proporcionarse seguridad, puede sólo ser balanceada por una diferencia en la población que tiene que existir en un área dada – estaremos en condiciones de proceder a la consideración de las variedades, sobre las que los comentarios precedentes tienen una aplicación directa y muy importante.
La mayoría o quizás todas las variaciones de la forma típica de una especie deben tener algún efecto cierto, aunque leve, en los hábitos o capacidades de los individuos. Incluso un cambio de color podría, por tornarlos más o menos distinguibles, afectar su seguridad; un mayor o menor desarrollo de pelo podría modificar sus hábitos. Cambios más importantes, como un incremento en la fuerza o dimensiones de los miembros o cualquiera de los órganos externos, afectarían más o menos su modo de procurarse comida o el área del país que habitan. Es también evidente que la mayoría de los cambios afectarían, ya sea favorable o adversamente, las facultades para prolongar la existencia. Un antílope con patas más cortas o más débiles debe necesariamente sufrir más los ataques de los felinos carnívoros; la paloma pasajera con alas menos poderosas estará afectada antes o después en su capacidad para procurarse un suministro regular de alimento; y en ambos casos el resultado debe necesariamente ser una disminución en la población de la especie modificada. Si, por otro lado, alguna especie produjera una variedad con habilidades ligeramente incrementadas para preservar la existencia, esa variedad debe inevitablemente con el tiempo adquirir una superioridad numérica. Este resultado debe producirse con la misma seguridad con que la edad avanzada, intemperancia  o escasez de alimento llevan a una mortalidad incrementada. En ambos casos puede haber muchas excepciones individuales; pero en el promedio la regla invariablemente se cumplirá. Todas las variedades caerán entonces dentro de dos clases – aquellas que bajo las mismas condiciones nunca alcanzarían la población de la especie parental, y aquellas que con el tiempo obtendrían y mantendrían una superioridad numérica. Ahora, dejemos que alguna alteración de las condiciones físicas ocurra en el distrito – un largo período de sequía, una destrucción de la vegetación por langostas, la irrupción de algún nuevo animal carnívoro buscando “pasturas nuevas” – de hecho cualquier cambio tendiente a volver la existencia más difícil a la especie en cuestión, y exigiendo al máximo sus capacidades para evitar la completa exterminación; es evidente que, de todos los individuos componiendo la especie, aquellos formando la variedad menos numerosa y más débilmente organizada sufriría primero, y, de hacerse la presión más severa, deberá pronto extinguirse. De continuar las mismas causas en acción, la especie parental sufriría luego, gradualmente disminuiría en números, y con una recurrencia de condiciones desfavorables similares podría también extinguirse. La variedad superior entonces permanecería sola, y al retorno de circunstancias favorables incrementaría rápidamente en números y ocuparía el lugar de la especie y variedad extintas.
La variedad habría ahora reemplazado a la especie, de la cual ésta sería una forma más perfectamente desarrollada y más altamente organizada. Estaría en todos los respectos mejor adaptada para garantizarse su seguridad, y para prolongar su existencia individual y la de la raza. Tal variedad no podría retornar a la forma original; puesto que dicha forma es inferior, y no podría nunca competir con ella por la existencia. Dada una “tendencia” a reproducir el tipo original de la especie, aun así la variedad se mantendrá preponderante en números, y bajo condiciones físicas adversas nuevamente sobrevivirá sola.
Pero esta raza nueva, mejorada y populosa podría, con el curso del tiempo, dar origen a nuevas variedades, exhibiendo varias modificaciones divergentes de forma, cualquiera de las cuales, tendiendo a incrementar las facilidades para preservar la existencia, debe, por la misma ley general, a su turno volverse predominante. Aquí, entonces, tenemos progresión y divergencia continua deducida de las leyes generales que regulan la existencia de los animales en un estado de naturaleza, y del irrefutable hecho de que las variedades con frecuencia ocurren. Sin embargo, no se está afirmando que este resultado sería invariable; un cambio de las condiciones físicas en el distrito podría a intervalos de tiempo modificarlo materialmente, haciendo que la raza que había sido la más capaz de mantener la existencia bajo las anteriores condiciones sea ahora la menos capaz, e incluso causando la extinción de la raza más nueva y, por un tiempo, superior, mientras que la especie vieja o parental y sus variedades primero inferiores continúan floreciendo. Variaciones en partes sin importancia podrían también ocurrir, sin tener efecto perceptible en las capacidades para preservar la vida; y las variedades así constituidas podrían correr un curso paralelo con la especie parental, ya sea dando origen a variaciones adicionales o retornando al tipo anterior. Todo lo que sostenemos es que ciertas variedades tienen una tendencia a mantener una existencia más larga que la de la especie original, y esta tendencia se hará apreciable; porque aunque la doctrina de las chances o promedios nunca será confiable en una escala limitada, sin embargo, si se aplica a números altos, los resultados se aproximan a lo que la teoría demanda, y, a medida que nos aproximamos a una infinidad de ejemplos, se torna estrictamente exacta. Ahora la escala en la que la naturaleza funciona es tan basta – los números de individuos y períodos de tiempo con los que se maneja se acercan tanto al infinito, que cualquier causa, aunque leve, y probable de ser oculta y contrarrestada por circunstancias accidentales, debe al final producir sus resultados legítimos plenos.
Dediquémonos ahora a los animales domesticados, e indaguemos sobre cómo las variedades producidas entre ellos son afectadas por los principios aquí enunciados. La diferencia esencial en la condición de animales salvajes y domésticos es ésta, - que entre los primeros, su bienestar y existencia depende del pleno ejercicio y condición saludable de todos sus sentidos y fuerzas físicas, mientras que, entre los últimos, estos son sólo parcialmente ejercitados, y en algunos casos no son usados en absoluto. Un animal salvaje tiene que buscar, y frecuentemente que trabajar por, cada bocado de comida – ejercitar la vista, el oído y el olfato al buscarlo, y al evitar peligros, al procurarse refugio de las inclemencias de las estaciones, y al proveer  para la subsistencia y seguridad de su descendencia. No hay músculo de su cuerpo que no sea llamado a la actividad cada día y cada hora; no hay ningún sentido o facultad que no sea fortalecida por ejercicio continuo. El animal doméstico, por otro lado, tiene comida que se le provee, es resguardado, y frecuentemente confinado, para cuidarlo de las vicisitudes de las estaciones, es cuidadosamente puesto a salvo de los ataques de sus enemigos naturales, e incluso pocas veces crían a su prole sin asistencia humana. Mitad de sus sentidos y facultades son por completo inútiles; y la otra mitad es sólo ocasionalmente llamada a débil ejercicio, en tanto que incluso su sistema muscular es llamado sólo irregularmente a la acción.
Ahora cuando una variedad de tal animal existe, teniendo fuerza o capacidad incrementada en algún órgano o sentido, tal incremento es totalmente inútil, nunca es llamado a la acción, y puede incluso existir sin que el animal llegue nunca a darse cuenta. En el animal salvaje, por el contrario, todas sus facultades y fuerzas son puestas en plena acción por las necesidades de la existencia, cualquier incremento se vuelve inmediatamente disponible, es fortalecido por ejercicio, y debe incluso ligeramente modificar la comida, los hábitos, y la economía completa de la raza. Se crea en cierta manera un nuevo animal, uno de facultades superiores, y que necesariamente aumentará en números y vivirá más que aquellos inferiores a él.
Una vez más, en el animal domesticado todas las variaciones tienen una misma chance de continuidad; y aquellas que decididamente harían a un animal salvaje incapaz de competir con sus compañeros y continuar su existencia no son desventaja de ningún tipo en un estado de domesticidad. Nuestros cerdos de engorde rápido,  ovejas de patas cortas, palomas buchonas, y perros caniches nunca podrían haber comenzado a existir en un estado de naturaleza, porque el mismísimo primer paso hacia tales formas inferiores habría conducido a la rápida extinción de la raza; aún menos podrían ahora existir en competencia con formas salvajes relacionadas. La gran velocidad pero poca resistencia de los caballos de carrera, la fuerza difícil de manejar de los caballos de tiro del labrador, ambas serían inútiles en un estado de naturaleza. Si se volvieran salvajes en las pampas, tales animales probablemente se extinguirían rápido, o bajo circunstancias favorables podrían perder aquellas cualidades extremas que nunca serían llamadas a la acción, y en unas pocas generaciones revertirían a un tipo común,  en el cual los varios poderes y facultades están proporcionados para estar mejor adaptados a conseguir alimento y garantizarse seguridad, - y sólo por el pleno ejercicio de cada parte de su organización el animal puede continuar viviendo. Las variedades domésticas, cuando se vuelven salvajes, deben retornar a algo cercano al tipo del reservorio salvaje original, o extinguirse por completo.
Entonces, vemos que no pueden deducirse inferencias sobre las variedades en estado de naturaleza a partir de la observación de aquellas ocurriendo entre los animales domésticos. Las dos son tan opuestas entre sí en cada circunstancia de su existencia, que lo que aplica a una es casi seguro que no aplica a la otra. Los animales domésticos son anormales, irregulares, artificiales; están sujetos a variedades que nunca ocurren y nunca podrán ocurrir en un estado de naturaleza: su existencia depende por completo del cuidado del hombre; tan lejos están muchos de ellos de esa adecuada proporción de facultades, ese verdadero balance de organización, por la cual un animal dejado solo a sus propios recursos puede conservar sus existencia y continuar su raza.
La hipótesis de Lamarck – de que los cambios progresivos en las especies se han producido por los intentos de los animales de incrementar el desarrollo de sus propios órganos, y entonces modificar su estructura y hábitos – ha sido repetida y fácilmente refutada por todos los escritores sobre el tema de variedades y especies, y parece que se ha considerado que cuando esto estaba hecho todo el asunto estaba resuelto; pero la opinión aquí desarrollada vuelve a tal hipótesis por completo innecesaria, al mostrar que resultados similares deben ser producidos por la acción de principios constantemente trabajando en la naturaleza. Las poderosas garras de las familias de los halcones y los gatos no se han producido o incrementado por la voluntad de estos animales; pero entre las distintas variedades que existieron en las formas más tempranas y menos organizadas de estos grupos, siempre vivieron más tiempo aquellas que tenían mayores capacidades para sujetar sus presas. Tampoco la jirafa adquirió su largo cuello por el deseo de alcanzar el follaje de los arbustos más altos, y constantemente estirar su cuello con tal propósito, sino porque algunas variedades con un cuello más largo de lo usual existieron entre sus antitipos y se aseguraron de inmediato una amplia extensión de pasturas frescas sobre el mismo terreno que sus compañeros de cuello corto, y ante la primera escasez de alimento esto les permitió vivir más que ellos. Incluso los peculiares colores de muchos animales, especialmente insectos, pareciéndose tanto al suelo o las hojas o los troncos en los que habitualmente residen, son explicados por el mismo principio; porque aunque en el transcurso de eras variedades de muchos tonos pueden haber existido, sin embargo aquellas razas teniendo colores mejor adaptados para ocultarse de sus enemigos inevitablemente serán las que sobrevivirán más. Tenemos también aquí una causa para explicar ese balance tan frecuentemente observado en la naturaleza, - una deficiencia en un conjunto de órganos siendo siempre compensada por un desarrollo incrementado de algunos otros – alas poderosas acompañando patas débiles, o gran velocidad supliendo la ausencia de armas defensivas; ya que se ha mostrado que todas las variedades en las que se presenta una deficiencia no balanceada no puede continuar mucho su existencia. La acción de este principio es exactamente como la del regulador centrífugo de la máquina de vapor, que controla y corrige cualquier irregularidad casi antes de que se hagan evidente; y de manera similar ninguna deficiencia no balanceada en el reino animal puede alcanzar una magnitud notoria, porque se haría sentir desde el primer paso, tornando dificultosa la existencia y llevando a una casi segura extinción. Un origen como el que aquí se propone estará de acuerdo con el carácter peculiar de las modificaciones de forma y estructura que prevalecen en seres organizados – las muchas líneas de divergencia a partir de un tipo central, la creciente eficiencia y poder de un órgano particular a través de una sucesión de especies relacionadas, y la notoria persistencia de partes sin importancia tales como el color, textura de plumaje y pelo, forma de cuernos y crestas, a través de una serie de especies difiriendo considerablemente en características más esenciales. También nos provee de una razón para esa “estructura más especializada” que el Profesor Owen sostiene es una característica delas formas recientes comparadas con las extintas, y que sería evidentemente el resultado de la modificación progresiva de cualquier órgano aplicado a un propósito especial en la economía animal.   
Creemos que ahora hemos mostrado que hay una tendencia en la naturaleza a la progresión continua de ciertas clases de variedades más y más lejos del tipo original – una progresión para la cual no parece haber razones para asignar límites definidos – y que el mismo principio que produce este resultado en un estado de naturaleza explicará también por qué las variedades domésticas tienen una tendencia a revertir al tipo original. Esta progresión, por pasos minúsculos, en varias direcciones, pero siempre controlada y balanceada por las condiciones necesarias, sólo sujeta a las cuales la existencia puede ser preservada, puede, se cree, seguirse hasta estar de acuerdo con todos los fenómenos presentados por los seres organizados, su extinción y sucesión en eras pasadas, y todas las extraordinarias modificaciones de forma, instinto, y hábitos que exhiben. 

Ternate, febrero, 1858.

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Texto en versión original en inglés: John van Wyhe, ed. 2012-. Wallace Online. (http://wallace-online.org/). RECORD: Darwin, C. R. and A. R. Wallace. 1858. On the tendency of species to form varieties; and on the perpetuation of varieties and species by natural means of selection. Journal of the Proceedings of the Linnean Society of London. Zoology 3 (20 August): 45-50.

Nota: El texto presentado es parte de un artículo más extenso que incluye también material de Charles Darwin. La versión completa fue presentada el 1ro de julio de 1858 ante la Sociedad Linneana de Londres por C. Lyell y J. D. Hooker.