Una vez hubo miles de millones
(Por Maitland Edey)
El sino de la paloma pasajera
norteamericana es casi increíble. Hace exactamente un siglo estas aves eran
quizá las más numerosas de la Tierra. Sin embrago, en un período de 50 años los
hombres han conseguido destruir hasta la última de ellas. En ningún otro caso
de la larga y desigual lucha entre los hombres y las aves ha quedado registrada
tan brutalmente la rapacidad de la especie humana.
La paloma pasajera norteamericana
se parecía extraordinariamente a la torcaz, pero su tamaño era mayor. Tenía
aspecto vivaz y producía una impresión de donaire. Era excepcionalmente rápida
y potente, y es indudable que así tenía que serlo, porque la vida en las
grandes bandadas era una gran competición. Lo más importante de todo era la
bandada. Mientras hubo, las palomas vivieron en grandes grupos, pero cuando las
bandadas se disgregaron y los sobrevivientes tuvieron que vivir en grupos
pequeños y diseminados, parece ser que fueron incapaces de defenderse.
Cuando Jacques Cartier, primer
hombre blanco que escribió sobre las palomas, fue de Francia a América del
Norte en 1534, las vio en número infinito. Para los indios las palomas
constituían un alimento rico y fácil de hallar. Utilizaban una flecha de punta
roma que, disparada a través del fondo del nido, hacía caer a los pichones.
Tribus enteras acampaban cerca de los nidales para coger todos los pichones que
podían. Pero eso apenas se notaba en una gran bandada.
Un día del año 1810 el ornitólogo
Alexander Wilson, impresionado por las “nubes” de palomas que volaban sobre su
cabeza, se sentó a la orilla de un riachuelo para contarlas. Pasaban
constantemente, a una velocidad que estimó superior a los 90 kilómetros por
hora, en columnas extraordinariamente compactas (cerca de cuatro palomas por
metro cúbico de aire), en un frente de más de kilómetro y medio de anchura. Una
hora después, este torrente era aun más ancho y profundo. Continuaron pasando
hasta después de caer la noche. Wilson estimó que en total la bandada se
extendía 380 kilómetros y tenía más de dos mil millones de palomas. John James
Audubon, en el año 1813, calculó la población de otra bandada y llegó, en un
cálculo moderado, a la mitad de la cifra de Wilson.
Las palomas volaban sobre el
bosque en busca de bellotas y nueces, y cuando veían un posible comedero
descendían a tierra con un batir de alas semejante a un huracán. Al avanzar
barrían materialmente el suelo desnudo del bosque. Las filas posteriores
rebasaban a las que precedían, y bajaban al suelo por delante de ellas, dando
la ilusión de una interminable rueda de pájaros. Su apetito era enorme. Se ha
calculado que el consumo anual de una sola bandada como la de Wilson sería la
capacidad de un almacén de 30 metros de alto y 30 de ancho por 40 kilómetros de
largo.
Igual que ocurre con otros
animales que viven en comunidad, la obediencia en las palomas era un
sentimiento profundamente arraigado. Cuando algunas de las palomas eran
forzadas a virar repentinamente para evitar la caída en picado de un halcón,
las siguientes ejecutaban la misma maniobra y en el mismo sitio, incluso mucho
tiempo después de haber desaparecido el halcón. Volaban en densa formación, con
una habilidad impresionante, remontándose y volviendo a descender rápidamente
por entre las copas de los árboles, como si fuesen un solo pájaro, sin tocarse
entre ellas y sin rozar una sola hoja. Pero si se encontraban de frente dos
bandadas se producían graves daños, ya que los pájaros, por lo visto, sólo
sabían volar unos junto a otros, y no en sentido opuesto. Los mismos edificios
los desconcertaban y chocaban contra las paredes de un granero produciendo un
ruido ensordecedor, como si fuese una granizada.
Las bandadas utilizaban con
preferencia determinados lugares para su reposo (frecuentemente los pantanos) y
regresaban a ellos noche tras noche, aunque se hubiesen desplazado más de cien
kilómetros en busca de alimento y fuese más de medianoche. Por otra parte, los
merodeadores, particularmente el hombre, acosaban y saqueaban estos lugares.
Audubon describió una visita a uno de estos puntos en el río Green, de
Kentucky. Llegó allí a última hora del atardecer, poco antes del regreso de las
palomas: “Un gran número de personas, con sus caballos, carromatos, escopetas y
municiones, habían establecido ya su campamento. Dos granjeros habían traído
cerca de 300 cerdos con ánimo de que se alimentasen con las palomas. La gente,
ocupada en pelar y salar las palomas, se hallaba sentada en medio de inmensas
pilas de pájaros. Una capa de palomina de varios centímetros cubría toda la
extensión, como si hubiese nevado. De repente hubo un griterío general: ¡Ahí vienen! El ruido que hacían me
recordaba un gran ventarrón en el mar, a través de los aparejos de un barco…
“Miles de palomas fueron pronto
derribadas por los hombres armados de largos palos. Se encendieron hogueras y a
la luz de ellas apareció una vista impresionante y casi aterradora. Las palomas
llegaban por millares, se posaban en todas partes, unas encima de otras, hasta
formar masas compactas sobre las ramas, las cuales, de vez en cuando, cedían
bajo el peso, y al caer al suelo con un chasquido destruían cientos de pájaros
situados debajo. Era una escena de tumulto y confusión; apenas se oían siquiera
los disparos de las escopetas. Ya era más de medianoche cuando aprecié una
disminución en el número de palomas que llegaban.
“Al acercarse el día, el ruido
disminuyó. Las palomas empezaron a marcharse, y al amanecer todas las que
podían volar habían desaparecido. Águilas y halcones, acompañados por una
bandada de buitres, vinieron a participar en el botín, mientras los autores de
toda esta devastación comenzaban su recogida entre las muertas, moribundas y
destrozadas aves. Cada uno cogió las que quiso, y después soltaron los cerdos
para que se comiesen el resto.”
Los nidales estaban tan apiñados
como los lugares de reposo; se extendían kilómetros y kilómetros a lo largo de
los riachuelos o ríos, y en cada árbol había ceca de 200 nidos.
En un instante dado, generalmente
en abril, aproximadamente un mes después de llegar las bandadas migratorias a
los estados septentrionales, un grupo de ellas se ponía misteriosamente de
acuerdo sobre la elección de lugar. Al
cabo de un día o dos las palomas se cortejaban en gran número, con su incesante
arrullar y batir de alas. No tardaban mucho en aparecer por allí, excitadas,
todas las palomas de aquella zona. A
poco comenzaba la construcción de los nidos.
Una vez puestos los huevos, y
durante la incubación, los padres se turnaban para ir en busca de alimento. Al
amanecer, como obedeciendo a una señal, millones de machos salían disparados de
los árboles. El lugar quedaba entonces en calma durante varias horas, hasta que
volvían los machos y correspondía el turno a las hembras.
Todo el ciclo de la cría requería
tan sólo un mes: dos semanas para la incubación y otras dos para alimentar a
los pequeñuelos. Al cabo del mes los pichones estaban llenos de grasa y eran
tan grandes como sus padres. Como nacían todos con un día o dos de diferencia,
crecían a la vez y juntos eran después abandonados. Millones de ellos, metidos
en sus nidos como si fuesen bloques de manteca, clamaban impotentes pidiendo
alimento. Cuando el hambre los acuciaba demasiado, se dejaban caer al suelo con
sus alas casi implumes. Al cabo de una semana de revolverse en el suelo lo
mejor que podían, y de alimentarse de la grasa que contenía su cuerpo, estaban
tan delgados como un sábalo, pero podían moverse por sí mismos y habían
aprendido a volar.
Desde un principio los pequeños
mostraban el mismo instinto de volar velozmente juntos que caracterizaba a sus
padres. Formaban sus propias bandadas, en vuelos bajos pero temerarios, y
seguían los recodos de los ríos o los claros del bosque. En sus vuelos
inexpertos los jóvenes pájaros se empalaban a menudo contra las ramas, o se
cortaban en dos con los hilos del telégrafo. Al poco tiempo, los sobrevivientes
volaban de modo extraordinario. Al llegar el otoño ya se habían unido a los
mayores y apenas se les podía distinguir de ellos.
Así era la paloma pasajera, uno
de los más notables pájaros que han existido. ¿Cómo ha podido desaparecer esta
especie? No hizo falta mucho tiempo. Durante todo el siglo XVIII y la primera
mitad del XIX, la parte oriental de los Estados Unidos se fue llenando de
colonos. Los hombres mataban las palomas como la cosa más natural del mundo.
Las comían frescas, secas y en vinagre. Las convertían en grasa o las salaban
para cuando viniesen tiempos malos. Cuando llegaban las palomas todo el mundo
dejaba lo que estuviese haciendo y mataba todas las que podía. Los pájaros no
pudieron soportar este ataque incesante. Llegó un momento en que no pudieron
encontrar santuario, ni hora del día o de la noche en que no fuesen atacadas.
Al igual que los pájaros, los hombres podían viajar ya varios cientos de
kilómetros en un solo día; los hilos del telégrafo comunicaban la noticia de
que los pájaros estaban esta semana en Wisconsin; la siguiente, en Míchigan.
Se produjo una enorme demanda. En
un solo nidal de Petoskey (Míchigan) más de 2000 personas se ocupaban en matar,
recoger y poner en conserva las palomas.
El coger los pichones en sus
nidos constituía algo repugnante. El procedimiento más rápido y eficaz para
recoger un par de cientos de ellos en un árbol consistía en derribarlo, a ser
posible de tal modo que al caer derribase al inmediato. O bien se le prendía
fuego. Repentinamente se veía arder un abeto y, mientras las palomas salían
como cohetes, con las plumas
chamuscadas, caía al suelo una cascada de pichones medio quemados.
El número de palomas enviadas a
los mercados sobrepasa lo imaginable. Desde los nidales de Pensilvania, la
parte alta de Nueva York y Wisconsin, se recibían noticias de haber embarcado
en unas semanas medio millón, un millón o dos millones de palomas.
Es indudable que otras tantas
quedarían sin embarcar, abrasadas, pisoteadas, devoradas por los cerdos,
estropeadas o sin recoger.
Pero mucho más importante que los
pichones embarcados o no, fueron aquellos que ni siquiera nacieron. Hacia 1878
un inmenso nidal de Míchigan comprendía, probablemente, la mayor parte de las
palomas que quedaban. Después no quedaba ninguno de estos lugares digno de ser
mencionado; simplemente un centenar de pájaros diseminados en un lugar o una
docena en otro. En otros diez años, incluso estos habían desaparecido. Ya no
quedaban palomas pasajeras más que en los parques zoológicos. Pero en estos
parques les faltaba, sin duda, la excitación del número, y criaban
intermitentemente. En 1908 la población total de palomas pasajeras americanas
era exactamente de siete. En agosto de 1910 solamente sobrevivía una paloma hembra:
Martha, que llevaba este nombre en memoria de Martha Washington.
Vivía en el parque zoológico de
Cincinnati, como algo de interés extraordinario que al mismo tiempo reflejaba
una vergüenza nacional. Pero sus años de decadencia fueron oscuros y una tarde
de septiembre de 1914 la encontraron muerta. Inmediatamente fue congelada en un
bloque de hielo de más de cien kilos y enviada a la Institución Smithsoniana de
Washington para que la disecaran. Hoy puede vérsela en una bonita vitrina del
museo. Se dice que Martha tenía 29 años cuando murió; una larga vida para una
paloma, aunque quizá no lo bastante larga.
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Un ejemplar macho. |
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“Martha”, la última de las palomas pasajeras
norteamericanas, murió en Cincinnati en septiembre de 1914. Hoy se puede ver
disecada en la Smithsonian Institution
de Washington, D.C.
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Bibliografía:
Selecciones del Reader’s Digest. Maravillas y Misterios del
Mundo Animal. Con introducciones y un suplemento especial, compuestos por Jean
George. 1965.